jueves, julio 06, 2006

Brenda

Brenda

Padres míos, ¿qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar.
Fedor Dostoievsky
Los Hermanos Karamazov

Sabía que esa noche sería la última en íbamos a estar juntos. Sabía que era imposible continuar con una fantasía que no nos iba a llevar a ningún lado. Así que tomé el primer avión que me sacaría del infierno de la ciudad para llevarme a las cálidas aguas del Pacífico y las desérticas tierras del Noroeste. Guiado por el impulso, guiado quizás por el despertar de la líbido que en pocas ocasiones realizamos las bestias citadinas, me dirigí hacia allá, al lugar donde los cardones, los cactus y la arena son lugar común. La primera noche inmediatamente la llamé y le dije que al otro día me dirigiría a nuestra última noche juntos, quizás por eso su frialdad, quizás por quién sabe qué razones, hubo muchos quizás, pero ninguna respuesta en concreto.Al día siguiente llegué casi de noche a nuestra reunión. Y la encontré más bella y más deseable que nunca. Con ese cuerpo que no permite el paso a nadie pero que está deseoso de sentir una y otra vez la penetración de ese alguien con quien solamente es compatible a nivel sexual, casi animal, nunca en lo sentimental.Quería ir a un bar. Le dije que no. Estaba herido, estaba molesta. ¿Para qué perder el tiempo en el raciocinio? Hagamos lo que hacemos mejor porque está claro que como pareja sentimental nada más no funcionamos. Tú, en la tranquila provincia, triunfadora en ventas financieras; yo, maniaco-depresivo, con el carácter de la bestia que despierta de vez en cuando, bestia citadina. Y para acabar con todo, la distancia, miles de kilómetros de tierra y agua nos separan.Pagué el hotel más caro de la ciudad, enfrente de la playa. Y comenzamos el ritual. Y la respiración de ambos se agitaba más, y más, más a cada momento. Perdimos la noción del tiempo. Si la mezclilla en una dama es incómoda para ese tipo de actos, lentamente la despojé de esas prendas, yo tranquilamente de las mías. Con mis manos acaricie sus senos, con las suyas se abrazó a mi como si me quisiera para ella para toda la eternidad. Su cuerpo estaba perfecto esa noche; para una mujer de 35 años esas curvas eran perfectas, como agarrar un violín, perfectas las curvas, perfección en los senos. Dulcemente bajé hacia su zona vaginal. Y una y otra vez le arranqué suspiros de placer pues mi lengua buscaba el placer y el líquido del amor como las abejas buscan entre los pétalos el néctar de la miel. Y una vez más acaricié esas piernas y esas nalgas tan perfectas, y una cosa era segura. Mi miembro ya deseaba penetrarla, tanto que escurría a chorros líquido seminal y una vez erectos sus pezones, húmeda su vagina comencé el apareamiento. Y ella gemía...suspiraba...una y otra vez lo repetimos...posiciones diferentes, descansamos una hora y reanudamos. Y buscaba su boca y sus pezones...sí, definitivamente era la última...y era inolvidable...cada grito de ella al terminar sus orgasmos me mostraba cierta satisfacción aunque yo tuviera que apretar los dientes y apretar mi perineo para no eyacular y permitir a mi miembro seguir como caballo de batalla.A las cinco de la mañana me dijo que tenía que llevar a su niño a un evento dominical muy temprano así que la dejé ir. Pero quería gozar de su desnudez, una vez más, así que abrí una botella de Bollinger para festejar esa noche de pasión gloriosa, chocando los cristales y acariciándonos y besándonos para no olvidarnos uno del otro.Ya en la soledad abrí la ventana...los vientos del mar de mayo, frescos aún chocaban en mi cara mientras veía a lo lejos las luces del malecón del puerto...la adrenalina aún corría por mi cuerpo por toda la tensión sexual así que acabé con la botella de Bollinger para controlar al sistema nervioso...y la brisa marina de la mañana acabó por mandarme a la cama...han pasado casi dos meses y esa noche con Brenda sigue en mi corazón...y seguirá por siempre...